Antonio Capel Riera

Distinguido con diploma de honor, Insignia y medalla de oro

EL ENIGMA DEL SANTO CRISTO DE BRONCE

Repicaban las campanas del Templo de la Compañía de Jesús, situado en las faldas del cerro rico de Potosí,  llamando a misa. Era el día de la festividad de San Bartolomé. Todos los creyentes de la ilustre ciudad de Potosí sentían especial devoción al Santo que luchó contra el demonio, venciéndolo y acabando con el maligno.

-¡Petra!…¡Petra!, ¿dónde te has metido? –preguntaba la señora mirando impaciente el coqueto reloj de cucú colgado en una de las paredes del gran salón.

-Aquí estoy, señora –respondió la criada-. Ahorita estoy yendo a la Iglesia.

-Date prisa y resérvame el lugar de siempre –ordenó.

La señora le había mandado que se levantara temprano para coger sitio, porque con la festividad de San Bartolomé la iglesia se ponía a rebosar.

Cuando Petra llegó al Templo se lo encontró abarrotado, apenas pudo entrar. La gente se empujaba sin tapujos ni pretextos para conseguir un lugar.

A la pobre Petra casi le da un soponcio: ¡todos los bancos estaban ocupados! Incluso hasta unas sillas extras que habían colocado. Sin embargo, le llamó la atención que hubiera un espacio en uno de las bancos que estaba casi al frente del Altar.

-¿Está ocupado? –preguntó a una parroquiana.

Ésta la miró con una mezcla de ira y sorpresa a la vez.

-En ese lugar no se sienta nadie desde hace casi tres siglos –respondió la mujer.

-¿Y porqué pues? –preguntó inocentemente la ingenua Petra.

-¡Es del demonio! –respondió al instante.

Cuentan que era el lugar donde se sentaba una mujer potosina de alta alcurnia, Doña Ana Robles y su marido. Pero un buen día, su lugar lo ocupó con malas artes una bella joven rica y viuda; se rumoreaba que quería enredarse con el marido de Doña Ana.

Al llegar Doña Ana al Templo, vio que su espacio estaba ocupado por la atractiva viuda. Sus intenciones no dejaban dudas. Doña Ana le recriminó por su atrevida actitud, y ella ni corta ni perezosa, le hizo frente y no se movió de su  lugar. Se armó la trifulca en plena Casa de Dios. Fue llamado el marido, y éste, al ver que la alegre viuda había vejado el honor de su esposa, le lanzó un puñetazo que le puso la mandíbula de lado.

Tras varios meses de convalecencia, Doña Magdalena Téllez, que así se llamaba la lozana viuda, juró vengarse. Decidió casarse, pero con una condición: el futuro desposado debía castigar al matrimonio.

Pasaron los meses y no cuajaba el casamiento; no por falta de pretendientes, -que los tenía a docenas-, sino por la imposición de que el futuro cónyuge tenía que destruir a Doña Ana y al marido.

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