Antonio Capel Riera

Distinguido con diploma de honor, Insignia y medalla de oro

Amor ardiente, casi atómico...de los que queman de verdad

Ruido, jaleo, sirenas…

-¡Dejen paso! –decía un camillero seguido del médico y el ATS.

Eran los del Servicio de Urgencias que habían acudido a la llamada de un vecino del séptimo piso en la Plaza de cuyo nombre no recuerdo…mejor así, no quiero hacer memoria. ¡Qué vergüenza!

Más que quejidos, eran gritos de dolor.

-Pero, ¿qué pasa? –preguntaba la vecina del sexto-. ¿Es que hay fuego?

“¿Fuego?” se sonreía el médico por dentro, “pero lo habrá”, sentenciaba.

-Nada importante –decía el médico, para calmar a los vecinos que ya empezaban a arremolinarse en la escalera.

Sin embargo, la del octavo, apenas asomaba la cabeza, no quería ser vista. Pero por su aspecto, parecía más bien tranquila que preocupada.

Al cabo de un momento, los gemidos se fueron apagando. Los vecinos aún continuaban en la escalera, querían saber de qué se trataba. El médico había dictaminado que los pacientes debían ser trasladados al Hospital, pero éstos no salían del piso séptimo.

Nuevamente empezaron los gemidos, acompañados de gritos. Pero en esta ocasión el que gritaba más era el médico dando órdenes a grito pelado.

-¡Los dos, fuera! –vociferaba el médico-. Tienen que ser internados inmediatamente.

La curiosidad crecía como la espuma entre los vecinos. ¿Qué habrá pasado?, se preguntaban.

Por fin sale el primer afectado, doblado, apenas podía caminar y con las manos en la entrepierna.

-Pero si es el vecino del octavo –dijo una de las vecinas-. Seguro que estará con su mujer.

Pues no. No estaba su mujer. “Qué raro” dijo otra, “son íntimos amigos”, murmuró otra.

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