–¡Dios mío! ¿Dónde estoy? –exclamó el doctor desconcertado, nada más abrir los ojos.
Se incorporó en la cama mirando en torno a él para recordar qué había pasado y por qué estaba con cuatro mujeres de aspecto extranjero y en una habitación que no era la suya.
Un rayo de sol que se filtraba por la ventana entreabierta le dificultaba abrir los ojos. Poco a poco se fue acostumbrando al resplandor y a explicarse qué hacía ahí. Tras un instante, ya más despejado, miró con detenimiento a las cuatro mujeres que yacían con él. Estaban en bikini; dos de ellas no llevaban sujetador. Inmediatamente él se miró y se tranquilizó: no estaba desnudo, estaba con pantalones cortos. Comenzó a recordar…
–Falta una, ¿dónde está Annika? –susurró buscándola con la mirada.
Annika estaba en la terraza, frente al mar, sentada en una silla al revés, apoyando los brazos y la barbilla en el respaldo, observando distraídamente las figuras caprichosas que inventaban las olas. El médico, ya plenamente espabilado, comenzó a hacer un análisis de cómo, cuándo y por qué estaba con cinco suecas. “¡Vaya historia la mía!”, pensó lacónicamente.
