Antonio Capel Riera

Distinguido con diploma de honor, Insignia y medalla de oro

La enigmática Cueva del Diablo.

-¡Os lo juro por mis muertos y por la Virgen de la Macarena! –decía el soldado andaluz espantado-. ¡Lo vi con mis propios ojos!

Todos rieron, nadie le creía.

El soldado español tenía fama de borrachín, nadie le tomaba en serio. Siempre llevaba la bota de vino colgada al cuello.

-¿Y dices que se juntaron los cerros de piedra? –preguntó un soldado castellano, entre risas.

-¡Os lo juro por la Virgen de Triana! –insistía el borrachín andaluz. Le faltaban vírgenes y manos para jurar y perjurar.

Lo cierto es que, en esos momentos el soldado estaba sobrio. No presentaba signos etílicos. De manera que despertó la duda en el capitán Don Diego de Centeno, que lo observaba desde su caballo.

Lo mandó llamar. Sintió curiosidad, pero no por la historia que estaba contando, sino porque los de su destacamento aún no habían venido. El único que estaba presente era aquel tenaz aficionado al tinto.

-¿Y cuántos ibais en la expedición? –preguntó el capitán.

-Diez, vuestra merced –respondió, mostrando los diez dedos de las manos.

-Y a vos, ¿Por qué no os aplastaron las enormes rocas? –preguntó el capitán con intención de descubrir si decía la verdad o era producto de alguna alucinación por el alcohol.

-Porque yo iba a media legua detrás, antes de entrar en la quebrada –dijo el asustado borrachín -. Me salvé porque era el último.

-¿Y qué pasó? –preguntó más interesado Don Diego de Centeno.

-Me detuve para hacer mis necesidades y para echar un buchito de tinto -dijo señalando la bota de vino-. Y de pronto oí un gran estruendo. Un ruido ensordecedor, y las gigantescas rocas de la quebrada empezaron a juntarse, como si de una prensa se tratara.

-¿Se estrecharon las montañas? –preguntó el capitán, incrédulo.

-¡Sí, capitán! –dijo persignándose -. ¡Los estrujó a todos! No se salvó nadie, ni los caballos.

LEER MAS AQUI...


VOLVER
La enigmática Cueva del Diablo.

Facebook Twitter Youtube
Diseño web Murcia