Antonio Capel Riera

Distinguido con diploma de honor, Insignia y medalla de oro

El extraño Doctor Luna

El doctor Luna era todo un personaje en un Hospital de Murcia. Todos los que hacían guardias con él, hablaban maravillas. Era una persona afable, culta y un tanto enigmática.

Estaba destinado en Urgencias, contaba con un equipo competente y disciplinado. Cuando llegaba alguna urgencia, inmediatamente se realizaba el protocolo instaurado. No había titubeos ni equivocaciones en el personal. El enfermo quedaba controlado en el menor tiempo posible. El día que le tocaba guardia al Dr. Luna, todo el personal sabía que iba a ser una noche tranquila. Empezando por los celadores, choferes de ambulancias, auxiliares, enfermeras, y algún residente descontento. Sí, algún residente contrariado era el más molesto, porque esa noche, con toda probabilidad, las urgencias que acudirían no iban a ser más que una simple febrícula, o alguna ligera diarrea, cuyo tratamiento era un antipirético o un analgésico, o un antidiarreico. Ahí terminaban las urgencias con el Dr. Luna. A los médicos internos no les agradaba una noche en calma. Ellos querían sangre, mucha sangre; deseaban ver casos complicados para aprender a resolverlos. Cuanto más truculenta sea la guardia, mejor. Era la única manera de aprender, decían.

Sin embargo, con el Dr. Luna, los médicos internos daban cabezadas de sueño por aburrimiento en algún sillón de Admisión; no les interesaba la conversación del enigmático médico. Eso sí, tenía en las enfermeras y auxiliares su público incondicional. Hablaba del cosmos, del firmamento, de viajes astrales y demás historias metafísicas. Decía que la meteorología influía en los seres humanos. “Se llamanmeteoropatias”, decía con absoluta seguridad. Los astros influyen el comportamiento humano, afirmaba a sus admiradores.

Pero lo que realmente llamaba la atención al personal sanitario, eran los constantes cambios de guardia que hacía el Dr. Luna. Sacaba una extraña libreta en la que aparecía un extravagante calendario. Efectuaba unos cálculos matemáticos y definía el día que quería hacer la guardia.

Empezaron las habladurías. Unos decían que celebraba sacrificios con gallinas, otros, que visitaba tumbas, y los más osados afirmaban que invocaba a Satanás…

Nada más lejos de la realidad. Sin embargo, cuando se le preguntaba por qué cambiaba los días de sus guardias con cierta frecuencia, se negaba a contestar con claridad, respondía con evasivas…

Un buen día, notificó al Personal de Urgencias, que se trasladaba de Hospital, se iba a Valencia. A muchos les sorprendió la noticia, ya que estaba bien considerado en el ámbito sanitario, y no entendían su marcha.

Los compañeros de Urgencias le hicieron una cena de despedida, y al final de la cena, cuando ya se habían descorchado unas cuantas botellas de Jumilla, le volvieron a preguntar del extraño calendario que usaba para cambiar sus guardias.

Esta vez habló.

-Muy sencillo –dijo con voz gangosa como resultado de la ingesta de vino tinto-. Nunca hay que hacer guardias en luna llena. Ese día sólo acuden cornudos, neuróticas, parturientas e hijoputas.

Y era verdad. Consultados los movimientos de Ingresos y haciendo un estudio estadístico de la etiología y patología de los mismos, los días de luna llena, y los del día antes y después, eran los más convulsionados.

¡Qué listo era el Dr. Luna!

¡Qué vago era el Dr. Luna!

Además, no se llamaba Dr. Luna. Fue un apodo que le pusieron por sus excentricidades astrológicas


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